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La historia de la maestra pampeana, única habitante del paraje Colonia El Balde


La docente Mónica Tortone tiene 47 años y hace 18 que está a cargo del Jardín de Infantes de la escuela N°13 de la Colonia El Balde en el Partido de Rivadavia, en el límite con La Pampa. Es de General Pico y todos los lunes viaja 120 kilómetros para instalarse durante la semana en este rincón indómito en la llanura. A ella la esperan seis alumnos. La matrícula se completa con otros diez alumnos que cursan la primaria.

Allí se queda una semana viviendo sola en una pequeña casa dentro del establecimiento. Durante todo este tiempo, es la única habitante de un paraje que no figura en los mapas y que sólo existe por la presencia de la escuela, y del Club Agrario El Balde, hoy sin actividad. «Me acostumbré a estar sola, y nunca tengo miedo, para mí es un cable a tierra quedarme acá», asegura la maestra rural.

La Escuela N° 13 Remedios de Escalda de San Martín se ve desde lejos. El pastizal, algunos pocos árboles y la inmensidad del desierto pampeano, la destacan. Fue inaugurada en 1936. En cambio, el Jardín de Infantes cumplirá 25 años en el año 2020. Mónica tiene seis alumnos. A la primaria van diez. La matrícula es alta para el paraje. «Algunos llegan a caballo, otros a pie, y otros en auto», comenta Mónica. El alumno más lejano vive a diez kilómetros. La zona es un área que sufre las inclemencias de la naturaleza. En el 2011, un tornado hizo destrozos en la escuela. «Sentía cómo el viento quería llevarse el techo, se rompían los vidríos, y las ramas de los árboles caían», recuerda. En el 2017, todo el distrito padeció una de las más grandes inundaciones. La escuela quedó incomunicada por muchos días.

La Colonia El Balde no tiene fecha de fundación. La ganadería de a poco le está ganando terreno a la agricultura. Está a 60 km de América, cabecera del distrito, y a 550 de la ciudad de Buenos Aires. El Meridiano V está a menos de 20 km. La frontera con La Pampa se siente, las distancias en las que no se ve a nadie, son moneda corriente. El despoblamiento del campo se materializa en los puestos que se han convertido en taperas. «La escuela es la única posibilidad de los chicos de encontrarse, son muy aplicados y no existen problemas de aprendizaje», asegura Mónica. La escuela tiene calefacción a gas y luz por red, televisión e Internet. «Pero las señales son mínimas, cuando hay grandes vientos se corta la luz», asegura. Sin embargo, la Cooperativa Eléctrica que le suministra el servicio, la llama constantemente para ver si lo tiene. «Todos los vecinos saben que me quedo sola y cuando necesito algo, están presentes», cuenta en una nota publicada en La Nación.

La travesía hasta su puesto de trabajo arranca a las seis de la mañana todos los lunes. A las 13 llegan sus alumnos y a las 17 termina su día, pero comienza otro: el de su estadía en la soledad. «Me he tenido que acostumbrar a los ruidos naturales. Hay una paz muy grande, llego muy cansada al fin del día. Ordeno la casa, y tengo que hacer tareas administrativas de la escuela», afirma Mónica. La televisión es una compañía. «Miro a veces noticieros, pero es muy agresivo lo que veo. Me inclino por los documentales», sugiere.

Los primeros años vivió con su hijo, Gianfranco, pero luego debió irse a General Pico para continuar con sus estudios. «Fue un golpe duro», confiesa. Para no tener que cocinar, se prepara viandas el fin de semana. «Me quedo pensando, se me pasa rápida la semana», sostiene. Las tormentas son fuertes, muchas veces debe quedarse el fin de semana en el paraje, por los caminos inundados. «Estar sola me ayuda a valorar todo lo que tengo», reconoce. «Los hombres siempre preguntan si me da miedo quedarme, pero la verdad es que jamás lo sentí», confirma.

Las 11 escuelas rurales del Partido de Rivadavia están todas conectadas a internet a través del Programa RED (Rivadavia Educación Digital) que funciona desde hace nueve años, y se financia con presupuesto propio.

«Algunos niños no suelen viajar, poder estar conectados es una gran herramienta», afirma Mónica para graficar la importancia de la tecnología en una escuela dentro de un ambiente en donde la soledad es inmensa. «Cuando tenemos la posibilidad de una salida, la aprovechamos, a veces es la única manera de que algunos niños conozcan otros lugares que no sea el campo», sostiene. Su semana culmina los viernes por la tarde. Si no ha llovido, puede regresar, existen varias huellas, pero elige la que supone esté mejor, la intuición es su copiloto. Si hubo viento, entonces los caminos se orean. La vuelta a la ciudad no es fácil. «Siento que todos están muy acelerados, para poder hablar tengo que cerrar las ventanas, los ruidos de los autos y las motos, son muy fuertes», concluye.


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